LOS GUARDAS JURADOS  

 

 

 

 

 

 

        Sabido es que el marqués de Comillas tenía una preocupación directa por conocer, de primera mano, todo cuanto acontecía en sus empresas, y se reservaba siempre no solo la última palabra, sino su capacidad última de decisión. Sin duda, la complejidad del conglomerado empresarial que dirigía exigiría, por una parte, un esfuerzo ingente y una gran capacidad de trabajo. De hecho su infatigable actividad al frente de las empresas de la corporación era la particular manera que tenía D. Claudio de honrar a Dios.

 

 

Aquel que, como el marqués, sentía encarnar la virtud del trabajo, aupado en el vértice de su conglomerado empresarial, se sentía igualmente obligado a vigilar los comportamientos de todos los miembros de su gran familia .El prócer se sentía en la obligación de señalar lo que se debía ver y /o leer, y por lo tanto, de censurar lo que no se debía ni ver ni leer.

 

Para impedir la lectura de obras inapropiadas, se incluyó entre las funciones del Cuerpo privado de Vigilantes Jurados el “control de la venta de los periódicos.”La Empresa ya se encargaba de proveer de prensa moral a sus obreros; y así, desde 1889 el Círculo Obrero de Bustiello estaba dotado de dos mil ejemplares de un periódico ilustrado publicado en Barcelona y escrito especialmente para la gente obrera titulado “La Semana Popular Ilustrada “ editado por el propio marqués de Comillas.

 

A menudo, los empleados acudían a cafés y teatros no sujetos a la autoridad de la empresa en cuestión; pero los directivos de la misma hacían valer sus instrumentos para censurar aquello que creían inconveniente. Así en junio de 1909 el Jefe de los Servicios de Vigilancia se personó en el café Colón de Moreda para contemplar la pieza titulada “ Oratoria de fin de siglo; según sus propias palabras en dicha obra “representaba un individuo a varios personajes, entre ellos “el Anarquista” y el “Cura de Aldea” lo que le forzó a “llamar la atención al dueño del citado establecimiento para que no se repitiera la representación de estos dos personajes”;su actitud debió ser convincente puesto que el responsable del local” obedeció y me prometió que en lo sucesivo no se dará semejante espectáculo”.

 

Una de las preocupaciones del Cuerpo de Vigilantes Jurados radicaba igualmente en perseguir y evitar que los mineros acudiesen a las tabernas. En 1894 el Jefe de Vigilancia de las Minas, Florencio Villalta, se dirigía al alcalde de Aller exhortándole a que obligase a los dueños de las tabernas a cerrar temprano sus establecimientos: “Tengo el sentimiento de poner en conocimiento de vd, que tanto en la Parroquia de Moreda como en la de Boó se infringen manifiestamente las Ordenanzas Municipales en la parte dispositiva de cierre de establecimientos de bebidas a una hora prudente y determinada de la noche y muy especialmente el día que se verifica el pago a los obreros de esta empresa”

 

Diecisiete años después, en 1911, sendos informes del Servicio de Vigilancia nos indican, cómo lejos de remitir ,la preocupación de la empresa por evitar el consumo de alcohol entre sus mineros había aumentado: “…..la vigilancia nocturna por los guardas jurados Sres. Trillo y Jiménez, en las inmediaciones de las tabernas del Sr. Torres, de Moreda, y Baltasar de Agueria se ha venido ejerciendo con escrupulosidad dicha vigilancia, y no se ha visto penetrar ni salir de dichos establecimientos a ningún obrero de estas minas”; no ha penetrado nadie en los establecimientos de Moreda y de Agüeria durante las horas que vigilaban los citados guardias.

 

Otra labor de los Servicios de Vigilancia consistía en proporcionar todo tipo de información a la superioridad cuando las huelgas hacían su acto de presencia, vigilando a los que destacaban por su actividad política y agitadora de las masas, y, a medida que el movimiento obrero se organizaba, la empresa respondía ampliando la plantilla de Guardas Jurados a 20 hombres.

 

 

De igual forma los Guardas Jurados se encargaban de vigilar las propiedades de la empresa: lavaderos, parques de chatarra, escombreras, oficinas,  cuadras, vías del tren, etc.., denunciando las actividades delictivas cuando se producían.

 

 

 

 

Así pues, siendo la Iglesia y la familia elementos indisolubles de una misma ecuación, Don Claudio exigía a sus directivos que se diese todo tipo de facilidades para que sus subalternos pudiesen cumplir con sus deberes religiosos. Prueba de ello es que no dudaba en poner al Servicio del culto todos los medios a su alcance, y era frecuente en las procesiones religiosas ver como los Guardias Jurados acompañaban a las imágenes, escoltándola.

                                                                    

 

 

Nota

 

 

Sacado del artículo.” Hegemonía, Consenso y Conflicto: Una historia social del poder en la Restauración” escrito por Martín Rodrigo y Alhajilla, Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Pompeu Fabra.

 

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